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La tradición de las posadas

Durante nueve días previos a la celebración de la Navidad se celebran las posadas, que recuerdan el peregrinaje de la Virgen María y San José rumbo a Belén.

Según los relatos tradicionales, el patriarca José, acompañado de su esposa María, caminó desde la ciudad de Nazaret a Belén para cumplir con sus obligaciones fiscales. Al llegar, la Virgen estaba a punto de dar a luz a su hijo Jesús. Al ser rechazados en el mesón y en no pocos hogares, tuvieron que refugiarse en un establo que personas bondadosas les habían ofrecido. Este evento se conmemora ahora en varios países del mundo católico, incluyendo a México, Honduras, Guatemala, El Salvador, Nicaragua, Costa Rica y Panamá, durante los nueve días anteriores a la Nochebuena, es decir, del 16 al 24 de diciembre.

Según diferentes versiones, los nueve días previos se conmemoran ya sea porque representan el tiempo que les llevó a María y José realizar el viaje de Nazaret a Belén, o porque representan los nueve meses de embarazo de la Virgen María. Como sea, las posadas son unas fiestas llenas de tradición y fuertemente arraigadas en la tradición católica, por lo que es conveniente conocer un poco más de la historia detrás de las mismas.

En un principio, esta fiesta se desarrolló en los atrios de los conjuntos religiosos y después se extendió hacia la vía pública. “Las calles se llenaban entonces de mucha gente que con gran bullicio se formaba en procesiones. Había profusión de luces, tanto desde las ventanas de las casas como con las velas que llevaban cada uno de los participantes. Todos cantaban y bailaban, pero en el momento preciso se arrodillaban y rezaban”.

Para el siglo XIX las posadas se encontraban ya firmemente instaladas en el interior de las casas, pero las concentraciones en las calles y en las iglesias no acabaron. Existen reseñas de aquellos años que describen varios tipos de posadas llevadas a cabo por diferentes grupos sociales como los de la alta aristocracia, quienes celebraban con suntuosidad y sin escatimar en decoración, belleza y variedades de figuras para el nacimiento y fuegos artificiales. Se dice que en aquellos jolgorios había niños vestidos de ángeles que llevaban túnicas de tela metálica con hilos de plata o de oro, penachos de plumas blancas, zapatos de satín blanco, bordados en oro y una profusión de finos diamantes y perlas en cintas para la cabeza, broches y collares.

Por su parte, en las casas de la clase media se solía festejar durante nueve veladas. Los hogares eran adornados con heno, ramas de pino, farolas de papel o vidrio, y se celebraba la posada de manera muy parecida a la actualidad, pero con la diferencia de que en aquel tiempo se tronaban ruidosos cohetes y se rezaba al momento de la entrada de los peregrinos, después de pedir posada.

Desde la mitad del siglo XX, los adornos de faroles se reemplazaron por foquitos de colores y luces eléctricas. Ya no hay músicos vivos y se tocan play list para alegrar la fiesta. En vez de hacer estallar cohetes se distribuyen a los invitados centellantes luces de bengala. Hoy en día la colación se reparte en bolsas de plástico con detalles navideños.

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