cTodos estamos llamados a entendernos, a conocernos internamente y reconocernos, al mismo tiempo, vinculados a ese tronco común que hace familia en la medida en que nos hermanamos unos con otros.

Por eso es importante que los gobiernos no instauren leyes discriminatorias contra grupos humanos determinados, puesto que todos al fin somos necesarios, y el hecho de que exista una minoría privilegiada, lo que origina es un absurdo enfrentamiento, con la consabida fragmentación y apertura a los caminos de la violencia.

Sea como fuere, los poderes públicos no pueden olvidarse de las múltiples y a menudo, graves motivaciones que impulsan a tantos seres humanos a abandonar su país natal. Casi siempre, su decisión no nace solamente de la necesidad de mayores oportunidades esto se debe a una multitud de conflictos, tanto culturales como sociales y religiosos, verdaderamente injustos, que suelen dejarnos sin palabras.

Por consiguiente, no me gusta este vendaval que distancia corazones y pone barreras, ningún ciudadano puede conscientemente avivar o apoyar estructuras y actitudes que dividan a unas personas de otras, a unos grupos de otros.

Idéntica enseñanza debe aplicarse a quienes hacen uso de la barbarie y la apoyan, aún hoy muchas personas son sometidas a privaciones y brutalidades indescriptibles, realidades contrarias a ese espíritu de paz que alientan los derechos humanos, que son los que en verdad inspiran e impulsan el progreso de la especie.

En este sentido, hemos de reconocer avances, sobre todo en el abandono de la pobreza extrema, o en un mejor acceso a los sistemas de agua potable, pero a la vez, se advierte fruto de estos aires arbitrarios el constante crecimiento del discurso del odio y la venganza.

Tal vez uno de los desafíos más delicados para la agenda de derechos humanos sea la concentración de riqueza en unos pocos, y estas atmósferas que discriminan, aíslan y excluyen como jamás.  En cualquier caso, los Estados no han de buscar la seguridad en la acumulación de nuevas armas, pues lo substancial es rebajar el armamento en el planeta, incluido el arsenal atómico y nuclear.

La imposición de las armas no es una solución aceptable, las nuevas generaciones han de poner fin a tantas inútiles luchas y a la enemistad entre análogos, por propia supervivencia de la especie humana.

Lo que no podemos es continuar negando la igualdad fundamental entre toda la ciudadanía, proclamada en varias Declaraciones de las Naciones Unidas y demás Organismos Internacionales.

Al fin y al cabo, lo que está en juego es la dignidad de toda vida y, por ende, el bienestar de todos los moradores que, hoy más que nunca, no paran de moverse, contribuyendo de esta manera a un desarrollo más global, aunque el 85% de las ganancias de los trabajadores migrantes se queden en los países de destino.

No se nos olvide que el vínculo entre migración y avance está muy presente en el empuje de todas las áreas de la tierra, con un nombre muy específico, el de la concordia; puesto que cuanta más expansión, menos retraimiento y más conformidad.

                       

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