Dom. Abr 21st, 2024
Una luz nueva

(El paso de Jesús de la caída a la elevación, comienza en el órgano tenebroso de la oscuridad, continúa en el silencio hermético de la tumba y prosigue en la soledad del vacío para ser todo: Verdad y Vida. Al resucitarlo, el Padre lo glorificó. Además, si su tormento demuestra el inmenso afecto vertido, su acción vivificadora sentencia la expiración en la mesa de la Palabra).

I.- ANUNCIAMOS TU MUERTE,

¡CRISTO, AUTOR DE LA RESTAURACIÓN!

La pasión del Salvador es un gozo,

es la protección del aliento humano,

la garantía para que todos nosotros, 

alcanzando la eternidad prometida,

logremos vivir con él para siempre.

Tan sólo el crucificado nos redime,

siguiendo el surco de su peregrinar,

persiguiendo el ejemplo de su vida,

de ser amor en el amar de cada día,

que es darse y donarse a los demás.

Nosotros, imagen del hombre viejo,

del ser ensombrecido por el interés,

necesitamos vaciarnos y ofrecernos,

volver al limbo armónico del verso,

a conservar la inmortalidad mística.

II.- PREGONAMOS TU VUELTA,

¡MANIFIESTATE, SEÑOR JESÚS!

Nuestra renovación está en la cruz,

en la proclama viva del Resucitado,

en la clara alocución de las visiones,

en el valor histórico de las pruebas,

en la estampa del sudario y en la fe.

El Señor en verdad nos reconforta,

nos pone en camino en cada aurora,

nos orienta de cualquier confusión;

su cercanía nos mueve y conmueve,

con su proximidad todo se alcanza.

A la sombra de esta sana creencia,

que nos puebla de un gran talante,

esperanza de un impulso revivido,

oyendo al Dios viviente en preces,

de mutua caridad entre hermanos.

III.- NOTIFICAMOS TU VICTORIA,

¡LA MUERTE YA NO ES CON CRISTO!

Lo iluminado se halla en el hecho,

de que el clavado nunca naufragó,

sino que floreció de los mil clavos,

y así se manifestó el deleite divino

por el ser, que resurgió y está vivo.

La defunción ya no es el fin último,

amparados por el Cristo fallecido,

por la franqueza celeste reavivada, 

por el contexto de la pasión eterna,

con su pena y su poema de gloria.

Participamos, pues, del testimonio;

como horizonte culminante de luz, 

ramificación de una ruta salvífica,

que nos conduce y nos reconduce:

al hogar del edén, a casa del Padre.

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