Vie. Abr 3rd, 2026
Foto: Cortesía

EL CORAZÓN DEL MISTERIO PASCUAL: Somos fruto del apego omnipotente, que todo lo colma de solidaria calma, embelleciendo los andares y caminos. Nuestro referente y referencia está en Jesús, horizonte de gracia y fundamento de evidencia, que por amor se hace hombre y por adhesión nos participa su vida. Cada una de nuestras penas y dolores, halla una respuesta salvífica en el místico poema de sus penitentes pasos, vertidos en la cruz Redentora.

I.- COMPASIÓN QUE SE VUELVE PASIÓN

En esta comunión de percusiones,

todos vamos con la cruz a cuestas,

deseosos de encontrar el consuelo,

la mano de alguien que nos asista,

a proseguir en la senda y a seguir.

Por observancia hacia uno mismo, 

no hay mejor itinerario que la paz,

pues la pujanza de la misericordia,

es, en muchos casos, la iniciadora

del sustento y el sostén de la vida.

El silencio de la Pasión nos anida,

se vuelve expresivo y manifiesto,

mientras nos sentimos penitentes,

con voluntad de hacer penitencia,

de deshacer el yerro y rehacernos.

II.- DESEO QUE SE VUELVE ALABANZA

El domingo de Ramos es la savia,

el gran porche vivencial del albor;

una dicha que todo lo comprende,

que nos lleva y nos eleva a Jesús,

nuestro sostén y redentor nuestro.

Benditos, pues, todos sus andares;

su proclamación de sones níveos,

el reino que llega para acogernos,

que silba como brisa de armonía,

como soplo de verso en el verbo.

Así, al albor de Cristo, todo vive;

nada se marchita y todo se aclara.

La humanidad se ajusta y se reúne

recubierta por el manto angelical, 

una gracia que indulta y glorifica.

III.-     ALEGRÍA QUE ES VUELVE VOCABLO

La procesión de Ramos es júbilo,

manifestación de verídica alegría,

porque podemos conocer a Jesús,

al darnos la alianza como vínculo,

y el perdón como regla sistémica.

Él es la Verdad y la Bondad fija;

alcanzarle es infiltrarse de gozos,

ver su rostro y buscar sus rastros,

para alimentarnos de sus señales, 

que son de comunión y de unión.

El Señor nos llama a testimoniar,

los aconteceres vividos a su lado,

como noble semilla de esperanza,

que florece con la caridad divina,

y por la luz de la fe en su palabra.

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