Por Ismael Cala
Este año, el Día de Acción de Gracias llega con un sabor distinto. Mientras en muchas mesas se preparan banquetes y se encienden velas, en otras partes del mundo el fuego no es simbólico: es el de las bombas, el de las ciudades en ruinas, el de los corazones heridos por la guerra.
¿Cómo dar gracias cuando el planeta parece arder? Tal vez la respuesta esté en comprender que la gratitud no niega el dolor; lo ilumina. Es la llama interior que nos recuerda que, incluso en la oscuridad, sigue habiendo vida. No se trata de cerrar los ojos ante la tragedia, sino de abrir el alma ante la posibilidad de esperanza.
He aprendido que agradecer en tiempos de paz es un gesto bonito, pero agradecer en tiempos de conflicto es un acto de resistencia. Porque cuando el miedo domina los titulares y la polarización se vuelve idioma universal, detenerte a contar tus bendiciones es casi un acto revolucionario.
Quizás este año no podamos cambiar el mapa geopolítico, pero sí podemos cambiar el tono de nuestras conversaciones, el juicio con que miramos al otro, la indiferencia con que pasamos por el dolor ajeno. Cada palabra de compasión, cada gesto de empatía, cada intento por comprender en lugar de condenar, es una semilla de paz.
Acción de Gracias no debería ser solo una fecha, sino una práctica diaria. Agradecer no solo por lo que tenemos, sino por lo que aún podemos ofrecer. Por la posibilidad de ser un faro en medio del caos. Por el don de poder amar, incluso cuando el mundo parece olvidar cómo hacerlo.
Ojalá este año, entre los brindis y las risas, recordemos a quienes no tienen un techo ni una mesa. Y que ese recuerdo no se quede en la culpa, sino que nos inspire a compartir más, a juzgar menos, a construir puentes donde otros levantan muros.
Esta semana, cierra los ojos, junta tus manos y eleva una oración por todo cuanto te rodea. No des nada por sentado, agradece y valora cada gesto, cada detalle, cada pequeño milagro. Esa es la mejor manera de honrar el hermoso acto de agradecer.
Porque la gratitud auténtica no se mide en abundancia, sino en consciencia. Y cuando elegimos agradecer incluso en medio del ruido, nos convertimos —sin saberlo— en parte de la paz que el mundo necesita.
