“La concordia debe ser promovida colectivamente, ya que todos somos responsables de todos; en consecuencia, debemos vivir la cercanía, sin abandonar a nadie, pues el objetivo radica en fraternizarnos como humanidad”.
Tenemos que aprender a cooperar con los aprietos, siendo gentes de diálogo, para poder lidiar con las
tensiones y los trances, que el propio vivir nos ofrece. Cuando hay una comunidad activa, cualquier cosa puede
surgir, máxime si hay un dinamismo positivo. Los tropiezos van a estar ahí, lo que requiere ser creativos y
conversadores, al menos para poder entenderse. Así, con los aprietos en la familia, no debe darnos apuros en hablar
de ellos para aclararlos, no esconderlos; lo mismo sucede cuando hay problemas en la sociedad, debemos
participarlos para resolverlos, porque de nada se sale solo. Lo fundamental radica en compartirlo, también los
conflictos que no deben ocultarse, para aproximarse a los acuerdos mutuos, mediante la mano conjunta y colectiva.
Todo lo contrario, a lo que se percibe en la actualidad, con una atmósfera acrecentada de hostilidades y el
horror de tantas armas vertidas por el mundo, algunas de las cuales pueden quitar vidas sin intervención humana.
Desde luego, deberíamos comenzar por un mayor control de la inteligencia artificial, al advertir de que esta
tecnología revolucionaria podría convertirse en un riesgo existencial para la humanidad si no se toman medidas. Ante
este horroroso panorama, estoy convencido de que nuestro propio futuro no está sólo en manos de los grandes líderes,
las grandes potencias y las élites; está mayormente en los pueblos, en su capacidad de organizarse conjuntamente con
humildad y con la convicción de comprenderse, activando la cultura del abrazo con la voluntad de hacer amistad.
La paz nunca se alcanzará con los desacuerdos, ni será fruto de la desconfianza entre análogos, o de las
armas dirigidas unos contra otros. Lo importante es el respeto hacía sí y los demás; pues, cada cual recogerá lo
sembrado. Es evidente que no podemos continuar produciendo destrucción o miedo, cultivemos mejor la esperanza.
No olvidemos, que a medida que las guerras se extiendan, el sistema alimentario mundial se desmorona. La concordia
debe ser promovida colectivamente, ya que todos somos responsables de todos; en consecuencia, debemos vivir la
cercanía, sin abandonar a nadie, pues el objetivo radica en fraternizarnos como humanidad. El momento es de
oscuridad, pero la sanación es posible, a pesar de los pesares, del peligro y de la confusión.
Es el momento de acoger y de cuidar toda vida humana, así como de repudiar la locura de las absurdas
batallas, que siembran terror y eliminan el futuro. Seamos como el aire liberador, que limpia, aromatiza y esclarece,
conciliando y reconciliando vientos huracanados, seducidos por la maldad, cegados por el poder y el odio mundano.
Busquemos el mejor arreglo, ante el cúmulo de degradaciones de la tierra o de deshumanizaciones e inhumanidad
esparcida, reavivando la solidaridad mundial, con el consabido recordatorio de que unidos somos más fuertes. No
perdamos más tiempo, apacigüemos sin importar fronteras en pro de la igualdad, la prosperidad y la armonía.
Se agradece, por tanto, que los países intercambien cada vez más conocimientos, experiencias y soluciones
prácticas para hacer frente a los retos comunes de desarrollo; como también es vital que la alianza global conecte
necesidades con soluciones, ya que ayudará a los países a identificar prioridades, accediendo a enfoques de eficacia
probada, un camino que no deja de estar cargado de dificultades y de contrastes, pero también es una innegable
oportunidad para que las naciones se encuentren y busquen soluciones universales. Será bueno, además, el encuentro
fraterno entre las personas y los lugares. Evitará lo que desgasta en las relaciones, perseverando en el camino, con la
interlocución del corazón como lenguaje que acaricia y jamás hiere.

