Jue. Jun 20th, 2024

Por Dra. Margarita Burgos

Hace menos de un mes, la selección femenina de fútbol de España se consagró campeona del mundo al vencer 1-0 a Inglaterra en la ciudad de Sydney, Australia. Sin embargo, la imagen que recorrió el mundo no fue la de las españolas levantando la copa, que hubiese sido lo más normal y lo más justo. Fue, el contrario, el beso no consentido a Luis Rubiales, presidente de la Federación Española de Fútbol, a Jenni Hermoso, una de las campeonas, durante la ceremonia de premiación.

Bajo las luces montadas en el Sydney Football Stadium, y televisado en vivo para todo el mundo, Rubiales iba saludando una a una a todas las jugadoras españolas una vez que recibían su medalla… Pero envalentonado por las circunstancias -ya había mostrado algunas actitudes reprochables en el palco que compartió, entre otros, con la reina Letizia-, le dio un beso a Hermoso. “Un piquito”, se justificó él, tildando de “estúpidos” a todo aquel que quisiera darle trascendencia a ese gesto.  

Dos semanas después, Jenni Hermoso, que al principio restó importancia al episodio y hasta se rió de él, presentó una demanda en la Fiscalía. Por su parte, la FIFA suspendió provisionalmente a Rubiales y la Federación le congeló su salario y le quitó todos sus privilegios, además de nombrar un reemplazante.

Más allá de las polémicas, está claro que lo de Rubiales fue un gesto acosador y además con alevosía y ventaja, pues no le dejó evitarlo. Eso no puede pasar en la relación entre un jefe (Rubiales) y una subordinada (Hermoso). Además, no solo lo hizo en un lugar público sino que en televisión en directo y ante millones de televidentes. Esto nos lleva a pensar que si esto es capaz de hacer en público, ¿cómo será cuando no es visto?  

El contraste es más grande aún cuando en junio, tres meses atrás, la selección masculina de España obtuvo la UEFA Nations League en Rotterdam, Países Bajos. También hubo una plataforma de premiación, una pasarela para entregar medallas y un desfile de jugadores españoles… Allí también estaba Rubiales eufórico, pero jamás intentó felicitar a los campeones con un “piquito”. ¿Por qué a las mujeres sí y a los hombres no?

Rubiales pasó de minimizar el tema a elevar una mínima, forzada y poco creíble disculpa pública, pero en conferencia de prensa volvió a sostener su postura: pidió un beso, ella consintió y él actuó. Ella lo niega. En casos así, a veces no basta con pedir disculpas, ya que se vuelve algo muy trillado, más aún cuando a todas las luces se vio que el dirigente deportivo no mostraba ningún tipo de remordimiento: solo lo hacía para evitar ser despedido de su cargo y no ser linchado mediáticamente, cosas que no pudo evitar de todos modos.

Si bien es cierto que el tema se terminó politizando y que grupos feministas aprovecharon para alzar su voz, nunca está demás recordar que el acoso sexual es una forma de violencia que puede tener un impacto devastador en la víctima. Por eso el castigo al acosador es fundamental para disuadir este tipo de conducta y para proteger a las víctimas.

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