Le llaman el Síndrome del Corazón Congelado y se ha convertido en una metáfora recurrente para describir una de las formas más sutiles del malestar emocional contemporáneo: la incapacidad o el desinterés por establecer vínculos sentimentales profundos.
No tenemos deseo por abrir nuestro corazón a relaciones sentimentales: hay apatía, alejamiento afectivo y embotamiento afectivo. No se trata de un diagnóstico clínico, sino de un fenómeno psicológico en el que las personas sienten incluso rechazo hacia el amor y las relaciones afectivas.
“Es como si el corazón dijera: ya no quiero sentir más”, explica la psicoterapeuta española María Fornet, especializada en salud emocional. “Se apaga el deseo de intimar, se evita el compromiso y aparece un vacío interior disfrazado de calma”. Esa calma, sin embargo, no es paz, sino una especie de anestesia que protege momentáneamente del dolor, pero también impide experimentar la plenitud emocional.
Los psicólogos coinciden en que este fenómeno suele aparecer después de rupturas amorosas, decepciones, maltratos, duelos o períodos de estrés prolongados. El cerebro, en un intento de autoprotección, limita la expresión de sentimientos y activa una forma de “hibernación afectiva”.
Según un estudio del Instituto de Psicología Integrativa de Buenos Aires, el 42 % de las personas que atravesaron una separación importante reconocieron haber prolongado su bloqueo emocional durante más de seis meses, manifestando irritabilidad, insomnio o indiferencia.
Para la terapeuta mexicana Cecilia Velasco, autora de Descongelar el alma, “congelar los sentimientos no nos protege, solo retrasa el duelo. Cuando dejamos de sentir, dejamos también de vivir plenamente”. Según el European Journal of Psychology (2022), uno de cada tres adultos jóvenes experimenta apatía o desinterés afectivo durante los tres meses posteriores a una ruptura. En mayores de 40 años, la cifra asciende al 46%, sobre todo tras divorcios o pérdidas familiares.
La neurociencia aporta una explicación fisiológica a este fenómeno. La American Psychological Association señala que después de experiencias altamente estresantes o dolorosas, el cerebro puede reducir la liberación de dopamina y oxitocina, las hormonas vinculadas al placer y al apego. Ocurre más con las mujeres, aunque también sucede con los hombres.
Cada vez es más común escuchar en los consultorios frases como “no quiero sentir nada” o “ya no tengo espacio para amar”. Lejos de la frialdad, estas expresiones reflejan agotamiento. Superar esta etapa no consiste en forzar el amor, sino en reconectar con la emoción desde la calma.
Los especialistas recomiendan reconocer el bloqueo, permitir el duelo y reentrenar el corazón mediante vínculos sanos, terapia o actividades empáticas. Un estudio de la Universidad de Stanford (2024) demostró que las personas que retomaron prácticas sociales positivas, como el voluntariado o los grupos de apoyo, redujeron en un 60 % sus niveles de embotamiento afectivo después de tres meses.
El síndrome del corazón congelado representa la pausa emocional que a veces impone la vida para protegernos del exceso de dolor. Pero, como recuerda Fornet, “nadie se queda helado para siempre: el corazón se descongela cuando nos permitimos volver a confiar, aunque duela”. Porque, al final, la única manera de curar un corazón congelado sigue siendo el calor de otro corazón dispuesto a esperar.
