Por:  Víctor Corcoba Herrero / Escritor

Hay palabras que guardan silencio, para entonar el lenguaje de la mirada; modulando la expresión que produce el encuentro contemplativo, con el pulso celeste que somos.

I.- EN EL PRINCIPIO YA EXISTIA

La mística de la palabra toma vida en los labios del alma,
se origina del bucólico sigilo de un corazón que observa,
de un espíritu que siente, movido por el amor y la voluntad
de enternecerse a la luz de la inspiración del término divino,
sinfonía de voces que nos cautivan en la emoción del ser.

Hay que volver a la percepción del origen y escucharse,
a la dimensión cósmica de los sonidos para enmendarse,
al fondo de lo que configuró el universo de cada hogar,
de manera que lo que está a la vista no viene de la tierra,
ni proviene de nada visible, procede de la pasión espiritual.

Así, toda criatura es sueño e injerto del deseo del viento,
en cuanto que proclama el hálito celeste de la entereza,
y clama por la gloria del abecedario sublime del Creador,
con una llamada interior a hacer el bien y a evitar el mal,
mediante la gracia conmovedora del verbo hecho verso.

II.- TODO ESTABA JUNTO A DIOS

Toda la energía que nos bate en sensaciones nos crece,
hasta levantarnos el ánimo y sentirnos parte de la oda,
porque si las emociones nos estremecen por su destello,
es que todo viene y proviene de la visión de lo creado,
al estar inmerso en la estética del timbre de la elocuencia.

El albor es lo que nos da vida y nos revive eternamente,
pues todo se irradia con la expresión del soplo divino,
haciéndose canción en el seno existencial de cada cual,
para contribuir en el caminar, con la gracia del Padre,
a reencontrarnos con Cristo que es quien nos aguarda.

Nada está fuera de Dios, junto a Él se ensancha el alma,
se engrandecen los horizontes hasta encontrar la quietud,
a través del darse y del donarse, del verse y del quererse,
pues andamos sedientos de verdad, faltos de ese manjar,
carentes de disposición para hacer algo que nos libere.

III.- Y LA PALABRA SE HIZO VISIBLE

Tuvo que hacerse la palabra visible a nuestros ciegos ojos,
también tuvo que rehacerse en nuestros mundanos latidos,
pues si las lenguas han de conciliar conjugaciones entre sí
para reconciliarse mutuamente, han de tener como misión,
la de activar el poema del apego como signo de renovación.

Que nadie se confunda de dicción, hemos venido a la tierra,
para enterrar nuestras propias miserias en vida y ascender,
dolidos por el espectáculo del lenguaje que nos corrompe,
paralizándonos por dentro y moviéndonos por mero interés,
lo que nos impide hallarnos unidos y esclarecer los pasos.

Pensemos que la pujanza curativa mana de ese santo aliento,
revestido de vocablos que nos forman como descendientes,
y nos transforman en un tronco común de imagen nupcial,
donde todo brilla de alegría, ensombreciendo la desdicha,
con la radiante fiesta de la lírica rehecha en loa perpetua.

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