Mar. Ago 25th, 2026

Por Ismael Cala

Hay veranos que recordamos por los viajes, los encuentros familiares o aquellos atardeceres que parecían no terminar nunca. Y hay otros que quedan registrados por el termómetro. Este parece pertenecer a los segundos.

Las grandes olas de calor que hemos vivido durante este verano vuelven a colocarnos frente a una realidad que nos resulta difícil. Y, mientras intentamos adaptarnos a temperaturas extremas, incendios y noches en las que descansar se convierte en un desafío, otro nombre vuelve a ocupar la conversación científica: El Niño.

Siempre me ha parecido curioso que un fenómeno de semejante magnitud tenga un nombre tan sencillo.

El Niño es una alteración natural del sistema climático que comienza a miles de kilómetros de muchos de nosotros, con un calentamiento anormal de las aguas del Pacífico ecuatorial. Sin embargo, sus consecuencias pueden modificar patrones atmosféricos en diferentes lugares del planeta. Actualmente, los científicos confirman que está fortaleciéndose y existe una
elevada probabilidad de que alcance una intensidad extraordinaria durante los próximos meses.

Pero sería simplista responsabilizarlo de cada jornada abrasadora. El clima no funciona mediante una sola causa. Es un sistema extraordinariamente complejo donde océanos, atmósfera, corrientes, ciclos naturales y calentamiento global interactúan constantemente.

Y quizás ahí exista una metáfora maravillosa sobre nuestra propia existencia. Nada vive aislado.

Lo que ocurre en un océano puede terminar influyendo en territorios situados a miles de kilómetros. De manera similar, nuestras decisiones aparentemente pequeñas generan consecuencias que muchas veces no alcanzamos a ver.

Durante décadas hemos hablado de la naturaleza como si fuera algo exterior a nosotros. Decimos “el medioambiente” como quien describe una habitación vecina. Pero respiramos su aire, bebemos su agua y dependemos de sus ciclos. No estamos frente a la naturaleza. Estamos dentro de ella.

No se trata de vivir asustados ante cada pronóstico. El miedo paraliza; la consciencia moviliza.

Quizá estas temperaturas extremas estén planteándonos una pregunta mucho más profunda que cuánto marcará mañana el termómetro: ¿qué clase de relación queremos mantener con el planeta que heredarán quienes vienen después de nosotros?

La Tierra lleva millones de años transformándose.

Ahora nos corresponde demostrar que nosotros también somos capaces de hacerlo.

Dios es amor, hágase el milagro.

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