Víctor Corcoba Herrero/ Escritor

“Venid a mí cuantos andáis fatigados y abrumados de carga, y yo os aliviaré. Tomad y cargad mi yugo; haceos discípulos míos, pues yo soy de benigno y humilde corazón; y hallaréis reposo para vuestras almas” (Mt 11,28-29).

I.- De la congoja al regocijo

 Me niego a tener miedo, a cerrarme en banda,
 a morirme en la tristeza, a no gozar de los días,
 a castigarme con las contrariedades de la savia,
 a penarme y a no ser capaz de verme y mirar,
 hacia ese horizonte que amanece tras el ocaso.

 De la congoja al regocijo apenas hay un paso,
 únicamente hace falta el valor de reponerse,
 de tener paz en el pecho para poder repararse,
 y decirse a sí mismo, estos llantos serán risa,
 no sé cómo, pero el dolor muere o se le mata. 

II.- La mancha en el corazón

 La mecha que mancha nuestra hazaña es el mal,
 brota de nuestras paredes interiores con furia,
 emerge pujante, hay que vencerlo con el bien;
 vierte su veneno, envenena con doblez el andar,
 es una forma de vida y es un modo de morir.

 Apagados habrá camino, pero no caminante;
 sin voluntad habrá coraza, pero no corazón;
 sin latidos habrá poder, pero tampoco poesía;
 abandonado el pulso nada será como ha de ser:
 fuente de luz, el cielo; morada de amor, la tierra. 

III.- El consuelo espiritual

 Serán muchos los tormentos que nos atormentan,
 que nos roban el aire, que nos dejan sin aliento,
 que nos amortajan las pasiones, que nos esconden
 en la desolación y nos encubren en la ociosidad,
 pero más fuerte es el consuelo que el ahogarse.

 Tan gozoso como conciliar lenguas por el mundo,
 es reconciliarse y descubrir de nuevo la palabra;
 hacerla fecunda, ofrecerla y abrazarse entre sí,
 como alivio de esa marcha mental hacia Jesús,
 clavado entre mil clavos para sacar los nuestros. 
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Por sorto

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