El testimonio de un expedicionario ecuatoriano recupera la historia de una empresa que durante décadas estuvo detrás de las grandes travesías culturales del continente y que hoy forma parte de la memoria de una generación de jóvenes.
Cuando Edwin Yunga recibió, en 2004, la camiseta oficial de la Ruta Inka, encontró en ella un nombre que entonces apenas conocía: Perú El Dorado S.A. de C.V.

Edwin era estudiante de Comunicación Social de la Universidad Politécnica Salesiana del Ecuador y se preparaba para participar en la Ruta Inka 2004 – Rumbo a la Paz con los Hijos del Sol. Como tantos jóvenes que se incorporaban a aquella aventura, sabía que detrás de la expedición había una organización que había conseguido reunir a estudiantes de tres continentes para recorrer los territorios ancestrales de Ecuador y Perú.
Lo que no sabía era todo lo que había ocurrido antes para que aquella expedición pudiera existir. Tampoco imaginaba que, 22 años después, aquella camiseta terminaría conduciéndolo hacia una historia mucho más grande: la historia de una empresa salvadoreña que durante un cuarto de siglo había patrocinado doce expediciones Ruta Inka y posteriormente a dos expediciones Ruta Maya.
Edwin ha conservado durante más de dos décadas fotografías, documentos y registros audiovisuales de aquella experiencia. Su testimonio permite volver la mirada hacia una época en la que los grandes proyectos culturales continentales se construían muchas veces gracias al esfuerzo silencioso de personas e instituciones que apostaban por ellos.
La Ruta Inka 2004 no surgió de un día para otro. Después de la expedición pionera del 2002 fue necesario reconstruir el proyecto. Durante dos años se realizaron viajes, reuniones, gestiones, solicitudes, contactos, convenios y misiones de avanzada para recuperar vínculos institucionales y volver a abrir las puertas que permitieran reunir a jóvenes de diferentes países.

Se fueron sumando municipalidades, universidades, organizaciones indígenas y organismos académicos. Llegaron también respaldos morales de personalidades e instituciones que creían en la propuesta. Antes de que los jóvenes pudieran caminar por los Andes, había sido necesario construir un camino institucional. Todo ese movimiento logístico previo a la llegada de los expedicionarios tenía un gran costo: Perú El Dorado lo financiaba silenciosamente.
Pero su apoyo no terminó cuando los expedicionarios emprendieron el viaje. Durante la travesía, cuando los recursos aportados por los propios jóvenes comenzaron a agotarse, una funcionaria de Perú El Dorado viajó desde El Salvador hasta Cusco para entregar fondos que permitieran a los expedicionarios continuar hasta Machu Picchu y facilitar posteriormente hasta Lima, para que emprendieran el viaje de retorno a sus países de origen.
Para quienes vivieron aquella experiencia, aquello significó mucho más que una ayuda económica. Significó poder continuar. Significó llegar al destino, que era Machupicchu, y cuando allí debía terminar el patrocinio, los fondos aportados, les permitió volver a Lima, para que tomaran los vuelos de retorno a sus países.
Edwin conserva hoy el recuerdo de aquella travesía como una experiencia que transformó su vida. En Cajatambo, uno de los lugares que más profundamente quedaron grabados en su memoria, los expedicionarios fueron recibidos por la comunidad y las autoridades locales. Los jóvenes respondieron compartiendo música, danza, teatro y otras expresiones artísticas.
Después vendría uno de los momentos más exigentes: la ascensión hacia las alturas del Huayhuash, superando los 5.000 metros de altitud. Frío, altura, esfuerzo físico y dificultades del camino pusieron a prueba a los jóvenes, pero también fortalecieron los vínculos que habían nacido durante la expedición.
Edwin comprendió entonces que aquello no era simplemente un viaje. Era una forma diferente de aprender: una verdadera universidad itinerante en la que cada comunidad podía convertirse en un aula, cada camino en una experiencia y cada encuentro en una oportunidad para comprender la diversidad cultural del continente.

Y decidió documentarlo. Junto con otros compañeros registró buena parte de la travesía mediante fotografías y video. Posteriormente elaboró un registro audiovisual que hoy, más de dos décadas después, adquiere un valor extraordinario.
Porque cuando las personas regresan a sus países, las expediciones terminan físicamente. Pero sus imágenes, documentos y testimonios pueden mantenerlas vivas.
La historia no terminaría en 2004. Las experiencias de la Ruta Inka fueron proyectándose hacia Mesoamérica y, en 2010, la expedición Ruta Inka – Al encuentro de los Mayas uniría Tiwanaku, en Bolivia, con Tikal, en Guatemala, atravesando diez países del continente.
El Salvador volvió a ser parte de esa travesía continental y Perú El Dorado acompañaba con su patrocinio.
La relación con el mundo maya daría posteriormente origen al programa Ruta Maya, que encontraría en El Salvador un espacio particularmente significativo. En 2011, la Ruta Maya – En busca de Chichén Itzá y otras Maravillas desarrolló actividades en el país que fueron incorporadas al programa de celebraciones por el Bicentenario del Primer Grito de Independencia.
Años después, en 2019, El Salvador volvería a recibir una expedición de la Ruta Maya, esta vez en el marco del Año Internacional de las Lenguas Indígenas proclamado por las Naciones Unidas. Y allí se produciría también otro encuentro con el periodismo salvadoreño: Día a Día News acreditó a dos periodistas para acompañar la expedición durante 40 días y realizó cobertura directa de aquella singladura.
De esta manera, la historia de Perú El Dorado quedó vinculada no solamente a la Ruta Inka y la Ruta Maya, sino también a una parte de la historia cultural reciente de El Salvador.
Durante años, la empresa estuvo allí: en las camisetas, en los documentos, en los libros, en las fotografías y en los recuerdos de los jóvenes que recorrieron nuestra América.
Pero toda historia tiene un momento de cambio. Después de más de 25 años de actividad, Perú El Dorado tuvo que dejar el espacio que había ocupado durante décadas en el Aeropuerto Internacional de El Salvador. Con ello perdió su plataforma comercial y llegó a su fin una etapa empresarial que había estado estrechamente vinculada a la historia de estas expediciones.
Y aquí aparece una paradoja que merece ser recordada.
Durante un cuarto de siglo, una empresa privada destinó importantes recursos a sostener proyectos culturales de dimensión continental. Su principal mercado estaba en El Salvador, mientras que la Ruta Inka recorría los Andes y la Ruta Maya atravesaba territorios de Mesoamérica.
Su patrocinio no siempre podía traducirse en un retorno comercial proporcional a los recursos destinados. Fue, en buena medida, una expresión de compromiso con la juventud, la cultura y la integración de los pueblos.
Por eso, la desaparición de Perú El Dorado como patrocinador histórico no constituye únicamente el final de una relación empresarial. También marca el cierre de una etapa en la historia de la Ruta Inka y la Ruta Maya.
La experiencia deja, al mismo tiempo, una enseñanza para el futuro.
La Ruta Inka impulsa actualmente su institucionalización como Política de Estado y trabaja en la recuperación de su memoria histórica. Antiguos expedicionarios comienzan a sacar de sus archivos personales fotografías, videos, libros, documentos y testimonios que durante años permanecieron guardados.
Edwin Yunga fue uno de ellos.
Cada fotografía recuperada, cada documento encontrado y cada historia compartida permite reconstruir una parte de ese gran rompecabezas que comenzó a construirse hace más de dos décadas. Y entre esas piezas aparece también Perú El Dorado.
No solamente como el nombre que aparecía en una camiseta, sino como una empresa que ayudó a construir estas expediciones, sostuvo momentos difíciles y acompañó durante un cuarto de siglo, un programa de encuentro intercultural cuyo propósito era acercar a los jóvenes del mundo a nuestras raíces.
Hoy los organizadores vuelven a mirar hacia el futuro. La Asociación Ruta Inka prepara la Ruta Inka 2027 – Al encuentro de los Mexicas, una nueva expedición continental que busca llevar a una nueva generación de jóvenes por los caminos que unen las grandes civilizaciones de América.
De concretarse el recorrido previsto hacia México, la expedición volverá a aproximarse a El Salvador. Y quizá entonces algunos de aquellos antiguos expedicionarios puedan volver a encontrarse con la historia que comenzaron a escribir hace tantos años.
Porque las empresas pueden cerrar. Los locales pueden desaparecer. Los patrocinadores pueden dejar de existir.
Pero hay historias que permanecen: La de Perú El Dorado es una de ellas.
Una historia que comenzó en El Salvador, cruzó los caminos de América y terminó formando parte de la memoria de jóvenes que, muchos años después, todavía recuerdan aquella aventura.
Edwin Yunga conservó sus fotografías durante 22 años. Quizá no sabía entonces por qué debía guardarlas.
Hoy lo sabemos.
