Lun. Jul 22nd, 2024
Foto: Cortesía

(Más vale un rostro apenado que un rastro sin alma; pues, son las
huellas dejadas, las que verdaderamente nos eternizan y enternecen)

I.- EL ROSTRO DE LA CONSOLACIÓN

Todos tenemos necesidad de consuelo,
porque nadie es inmune al desconsuelo,
porque nada es indemne al sufrimiento,
porque ninguno está a salvo del dolor,
pues rara vez en la vida nos abandona.
Cuánta angustia puede causar una voz,
fruto de la envidia, los celos y la rabia;
y cuánta ansiedad vuelca una mirada,
que se clava en los labios del corazón,
con la furia ardiente del beso de Judas.
Cada cual lleva consigo su propio paso,
el peso de su particular historia vivida
aquí abajo, a la espera de ese abrazo
místico y misericordioso con el Padre,
que no se agota en acoger y en asistir.

II.- EL ROSTRO DEL DESAHOGO

Reconocer este estado de desolación
espiritual que sobrellevamos cada día,
nos incita a explorarnos interiormente,
a desahogarnos del oleaje de tristezas,
dejándonos acompañar y acompasar.
Necesitamos sentirnos a buen recaudo,
despojados de las miserias humanas,
con la fuerza del vivir amando siempre,
antes de que la expiración nos alcance,
y después de que optemos a despertar.
Si en medio de la adversidad persevera
el querer, con gozo y con paz, se aviva
ese punto entre la ilusión y el desvelo,
porque la voluntad activa el empeño,
y la paciencia nos da savia y nos revive.

III.- EL ROSTRO DEL REFUGIO

Tomar el hábito de conocerse es renacer,
es construirse un refugio donde hallarse,
reconstruir un abrigo donde reconocerse,
ya que bajo ese nido se anuda la placidez,
y sobre ese latir de apego se pega la unión.
Refugiémonos unos en otros para gloria
y gratitud al Creador que nos hizo hijos,
avivando el vínculo que nos hermana,
enardeciendo el encuentro entre pulsos,

que son los que nos crecen y amparan.
No hay mayor protección que abajarse,
que superar los incentivos materialistas,
que evadir todo aquello que nos separa,
con la ambición de un agente donante,
que sabe conciliar y reconciliarse sin más.

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