Mar. Abr 16th, 2024

(Dios que nos ha creado y recreado en el amor a su hechura y similitud,
nos llama continuamente a despojarnos de nuestras miserias mundanas y
a conjugar el verbo amar, con los labios del alma en verso, que es como
se armonizan existencias y espacios
).

I.- EL TRONCO DE LA COMUNIÓN,
ENTRE DIOS Y LAS PERSONAS

En la nívea sencillez todo se agrupa,
y se reagrupa en alianza permanente;
nada existe únicamente por sí mismo;
la belleza de lo armónico nos alienta,
a ser luz y a poblar los ojos de Dios.
En virtud del poema interminable,
del que formamos parte hacendosa,
coexistiendo los unos para los otros,
conciliando y reconciliando ramas,
que el aire calma y los ramos colman.
Cultivar la arboleda nos embellece,
nos hace surcar el bosque del verbo,
a tono con el verso del timbre astral;
pues lo celeste siempre nos purifica,
y el óleo místico purga el barro frágil.

II.- LA FRONDOSIDAD DE LOS VÍNCULOS,
ENTRE LA MUJER Y EL HOMBRE

Estamos llamados a caminar juntos,
a cimentar unidos el propio linaje,
a restablecer lazos de conciliación,
a curar las heridas de la naturaleza,
acogiéndonos a los brazos divinos.
Recogidos en la mirada de Cristo,
todo es por amor y todo es amar,
que es lo que en verdad nos vive,
guarda y resguarda de todo mal,
haciéndonos individuos de bien.
Es fundamental renovarse y verse,
prendido a los vínculos del huerto,
donde cada cual trenza su floresta;
para labrar, sea mujer o sea hombre,
un jardín que nos avenga a lo creado.

III.- LA MATA QUE NO MATA VIDAS,
ENTRE NUESTROS ASCENSOS

Hay que mirar al crucifijo para notar,
y anotar nuestra historia redentora;
que gira en torno a la muerte de Jesús,
que se hizo humano siendo sagrado,
para refugio de todo ser humanitario.
No hay mejor arbusto que la acción,
de querer robustecer los desiertos,
poblándolos de ilusión cada amanecer,
y repoblándolos de sana compañía,
para alejar a la triste soledad impuesta.
El acompañamiento atañe a la vida,
es la vida misma una legión de anhelos,
de deseos mientras nos reverdecemos;
pues no hay crecimiento sin raíces,
y no hay floración sin brotes nuevos.

Víctor Corcoba

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