Editor 25/12/2020

Fuente: EFE Internacional

En la frontera de México con Estados Unidos, a más de 4.000 kilómetros de su hogar, la nostalgia invade más que nunca a Miguel Martínez y a Keyri Valeria, dos migrantes de El Salvador que añoran familia, amigos y comunidad.

Aunque provienen de sitios donde la pobreza se ha encargado de marcar la desigualdad, ambos recuerdan los días previos a la Nochebuena, cuando no obstante sus bajos recursos se las ingeniaban para disfrutar de una rica cena con sus familiares.

Miguel y Keyri se unieron a la Caravana Migrante, conformada en su mayoría por hondureños, guatemaltecos y en menor número salvadoreños, con varias semanas estacionados en Tijuana, esta navidad será muy diferente para ellos.

Ambos conviven en refugio el “Barretal”, en Tijuana, con unos 2.000 inmigrantes más.Afirman que han vivido de todo un poco: Largas caminatas, largas charlas sobre qué harán cuando lleguen a los Estados Unidos y su anhelo por vivir el “sueño americano”.

En el trayecto recibieron golpes, insultos, rechazo y odio. No obstante, reconocen que son minoría los mexicanos que los han tratado mal, porque muchos más han sido amables y generosos.Los sentimientos son encontrados. La nostalgia les pega doble. Abandonaron su tierra, familia y lo poco que tenían.

“Tendremos música, porque la música alegra hasta a los ancianos, la comida es lo de menos para esa noche, todo mundo va a estar contesto”, manifiesta Miguel.

Keyri, una adolescente de 16 años, conoció a Miguel en la caravana a la que se unió con su mamá decididas a alcanzar a sus familiares que hace muchos años residen en Los Ángeles, California, EE.UU.

Con la voz entrecortada, relata como vivía con sus familiares en su comunidad en El Salvador: “cada quien llevaba un platillo, nunca pueden faltar las pupusas, cantamos, bailamos”, dice.

Para la adolescente el futuro inmediato es incierto. Por las noticias sabe que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha advertido que no cruzarán y que si lo hacen no recibirán asilo político.

También sabe que el Gobierno mexicano ha ofrecido a los miles de inmigrantes centroamericanos el apoyo para que permanezcan el tiempo que sea necesario en territorio mexicano, a fin de que logren el asilo político.

Miguel y Keyri disfrutan de su noviazgo, que nació en la caravana. Comparten los mismos sueños y los mismos sentimientos: el amor y la nostalgia por los suyos en El Salvador.

Los niños juegan entre los pasillos, las mujeres limpian ropa y acomodan enseres personales. La vida en el refugio parece normal. Los pequeños se divierten con Santa Claus y un reno; por allá entre dos casas de campaña un arbolito navideño recuerda a los inmigrantes la época del año.

Más allá de la celebración, los migrantes esperan pedir asilo en Estados Unidos y saben que algunos de ellos, desesperados, han decidido cruzar y han sido atrapados por la Patrulla Fronteriza; algunos han resultado lesionados y otros deportados de inmediato. Y aunque la mayoría, sino es que todos, son conscientes a lo que se enfrentarán, deciden abismarse y “ver qué ocurre”, sin embargo, la suerte no siempre corre igual, y ese es el lado triste e ilegal de la Navidad, siendo migrante.

Compartir

Deja un comentario.

Tu dirección de correo electrónico no será visible. Los campos obligatorios están marcados con *