Por Ismael Cala
Cuando las crisis sociales y las campañas políticas nos sacuden, es habitual que fijemos la mirada únicamente en el caos exterior: en las cifras económicas, las portadas de los diarios y los discursos estridentes. Sabiendo lo mucho que pesa esta carga, hoy quiero invitarte a que dejes de lado por un momento la desconfianza o el desánimo que paralizan tu espíritu ante un entorno implacable y miremos juntos hacia adentro, con infinita compasión, hacia ese sismo invisible que ocurre en el silencio de los corazones de quienes gobiernan o aspiran a gobernar.
Recientemente tuve la oportunidad de sentarme cara a cara con dos figuras centrales de la política latinoamericana como lo son Javier Milei, presidente de Argentina, y Keiko Fujimori próxima a posesionarse como primera mandataria del Perú. Estas entrevistas —que ya se encuentran publicadas y disponibles en todas mis redes sociales— no se centraron en la superficie ideológica, sino en todo lo que significa desnudarse ante la cámara y ver el lado humano de nuestros líderes.
Descubrir allí a un niño expuesto al maltrato y la violencia física que moldeó su carácter bajo una presión extrema , o a una joven que a los 19 años tuvo que asumir el rol de Primera Dama con las piernas temblando de pánico tras el divorcio de sus padres , nos
revela que detrás de la armadura pública habita una ola silenciosa de duelos, traumas de la infancia y sacrificios personales que merecen toda nuestra atención y cuidado.
Uno de los grandes desafíos de los próximos meses en nuestra sociedad, en paralelo con cualquier intento de recuperación civil, es aprender a mitigar la ansiedad que drena nuestra energía y desarmar el juicio ciego que deshumaniza al adversario. Tenemos en nuestras manos el poder de actuar con conciencia y unidad, enfocándonos en lo que sí es posible: regresar una y otra vez al momento presente para evaluar al ser humano detrás del apellido, con sus heridas y silencios.
Al igual que Keiko encontró el milagro del perdón al conectar a sus padres en la víspera de la muerte de su madre , o Milei encuentra su refugio y cable a tierra en el afecto incondicional de sus «hijos de cuatro patas» y la lectura, nosotros debemos proteger nuestro propio espíritu buscando espacios de comprensión mutua que devuelvan la calma al cuerposocial.
La verdadera reconstrucción de nuestras naciones no nacerá en los palacios presidenciales ni florecerá desde las ideologías políticas, sino desde el suelo firme de la salud emocional de cada uno de sus ciudadanos, dándole prioridad a la empatía y al reconocimiento del dolor ajeno. Si no somos capaces de sanar la mente individual y comprender que quienes
lideran también cargan con un laberinto interno de pérdidas y resiliencia, seguiremos atrapados en un círculo infinito de polarización.
Al terminar el día, la vida nos invitará a reflexionar sobre cuánta paz, conciencia y hermandad fuimos capaces de activar para sostenernos los unos a los otros y humanizar nuestro entorno mientras el mundo se movía.
Dios es amor, hágase el milagro.
