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Por: Dra. Margarita Mendoza Burgos

He dedicado ya varios blogs a la vida virtual que cada vez más personas viven en las redes sociales, en forma paralela a la vida real, y he destacado el peligro de no ser capaces de distinguir o separar la una de la otra, y de, incluso convertir la vida virtual en nuestra vida principal y marginar la vida real a la categoría de “vida paralela” que, ni modo, hay que sufrir y aguantar; a fin de cuentas, es la que nos suele dar problemas, mientras que en la vida virtual todo es alegría y felicidad, o, al menos, eso es lo único que se proyecta.

Capítulo aparte, dentro de este tema, merece el de los matrimonios y parejas, en general, que lo son solo porque lo son legalmente, porque viven en la misma casa, porque tienen hijos en común, o por diferentes razones que de algún modo les ligan el uno al otro, aun cuando ese lazo ya ni siquiera sea, en realidad, entre el uno y el otro, sino entre ambos como pareja establecida, y el resto del entorno social, de modo que el interés y el esfuerzo no se centra en la convivencia mutua de la pareja, sino en guardar apariencias y proyectar ante el entorno social una imagen de pareja perfecta que nada tiene que ver con la realidad.

Pero bueno, esto es algo que ha existido siempre. Entonces, ¿Qué tiene que ver con la vida virtual, que es algo reciente? Pues sí, el matrimonio o pareja de “apariencias” ha existido siempre, particularmente en sectores sociales de medianos para arriba; y el hecho de vivir una vida hacia el exterior que no se corresponde con la real ya la convierte en una especie de vida virtual, porque no es real; es ficticia. Lo que pasa es que ahora asociamos el término “virtual” con aquello que no existe físicamente en la realidad, pero que la tecnología lo pone a nuestro alcance casi como si fuera real.

La cuestión es que la adicción a la vida social virtual tiende a agravar el problema de las parejas de apariencia, que ya traen problemas serios internos, pues encuentran en la vida virtual moderna un modo de evasión permanente al alcance de la mano. Basta con apretar un botón y mirar una pantalla para pasar las veinticuatro horas del día sumido en esa vida virtual donde todo es alegría, fiesta, gozo y felicidad. Así que ¿Por qué sufrir permanentemente la realidad de esa relación insoportable? La consecuencia es que habiendo un refugio permanente en la vida virtual, la tendencia será a alojarse en él permanentemente, perdiendo toda posibilidad de trabajar por recuperar la relación de la vida real. Más aún; no solo la relación real se hará aún más inexistente, sino que en las redes sociales se tenderá, no ya solo a guardar las apariencias, como antes; sino a proyectar una imagen maravillosa de la misma, para estar a la altura y no quedarse atrás.

Pero, lo que es peor, la adicción a la vida social virtual tiende a separar incluso a las parejas que han funcionado bien en la vida real. Y es por la misma razón. La convivencia en la vida real conlleva, inevitablemente conflictos inherentes a la misma. Una pareja que funciona bien no es por la inexistencia de conflictos, sino porque es capaz de manejarlos y resolverlos positivamente, y esa es la clave del éxito. Si no se tiene esto muy, pero muy claro, la tendencia será igualmente a refugiarse en la vida virtual cada vez que haya un conflicto, en vez de trabajar por resolverlo en la vida real, y a proyectar en esa vida virtual una imagen idílica que empieza a no corresponderse con la realidad.

A partir de ahí, poco a poco la distancia entre ambos se va haciendo más y más grande, y, sin darse cuenta, terminan convirtiéndose en dos seres que viven bajo el mismo techo, cada quien mirando todo el tiempo su propia pantalla, y sin que haya más interacción que la necesaria para tomarse una foto feliz y subirla a las redes, cada quien por su lado. Tal vez entonces se dan cuenta de que la relación entre ellos ha muerto, y la única relación que sigue viva es la de cada quien con su pantalla.

La vida es una montaña rusa; y la vida de pareja no es una excepción (la vida real, me refiero). Hay bajadas porque hay subidas; y hay subidas porque hay bajadas. Si en la montaña rusa asumimos la subida para poder disfrutar la bajada, ¿Por qué nos cuesta tanto hacerlo en la vida real? Encima aparece la vida virtual en la que no hay subidas; todo es bajada, y muy pocos ven que al final de la bajada solo está el suelo.

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